Cuando la ciudad abandona los cuidados: La expulsión de lxs presxs de la ciudad de Sevilla

Sin querer abarcarlo todo y, presentando sólo lo más destacable, podríamos resumir la historia de las cárceles de Sevilla de los últimos quinientos años comenzando por la Cárcel Real de la Calle Sierpes. Donde hoy Caixabank tiene una oficina-monumento se ubicaba la que fue la prisión de Sevilla durante casi cuatro siglos. Es conocida por haber tenido recluidos en sus muros a Miguel de Cervantes y a Mateo Alemán entre otrxs. Se habla de ella como un lugar masificado, insalubre y con un régimen cruel, en el que las celdas individuales estaban reservadas para quien podía pagarlas.

De la Calle Sierpes, a unos metros del Ayuntamiento y del corazón monumental de la ciudad, se pasó en 1835 a la Cárcel del Pópulo, situada donde ahora se encuentra el Mercado del Arenal; en el edificio del desamortizado Convento del Pópulo. Esta cárcel se edificó con la idea de librar a la población presa de la insalubridad y la masificación, aunque en sus primeros años de construcción, su ocupación ya era de en torno a quinientos reclusos. Para que nos hagamos una idea, en la superficie del Mercado del Arenal, se retenía a más o menos la mitad de reclusxs que hay en las gigantes cárceles de hoy día. No obstante, pese a la masificación, esta prisión contaba con un libro de reglas con el que se pretendía “humanizar” el tratamiento penitenciario, haciendo sus condiciones menos dantescas.

Cárcel del Pópulo durante una visita de la Esperanza de Triana

En esta cárcel, lxs presxs tenían la oportunidad de interactuar con la ciudad que les rodeaba. La Esperanza de Triana se giraba hacia el edificio cuando pasaba por delante y recibía las saetas de quienes estaban dentro las mañanas de los Viernes Santos. Fruto de esta interacción de la hermandad con lxs presxs, Manuel Font de Anta compuso la marcha Soleá Dame la Mano.

La Cárcel del Pópulo cesa su actividad en 1932, cuando se construye la Prisión Provincial de Sevilla, o Cárcel de la Ranilla, a la espalda del Arroyo Tamarguillo, en Nervión. Esta cárcel se inaugura durante el mandato de Victoria Kent como directora general de prisiones. Aunque durante la II República mejoran sustancialmente las condiciones dentro de la Institución Penitenciaria y se orienta el trabajo dentro de las cárceles a la reeducación y reinserción (al menos sobre el papel), esta cárcel no tarda en convertirse en un eje fundamental de la represión política en el franquismo.

Tras el golpe, la población de la cárcel pasó de 300 a 1500 presxs (llegaron a ser 3000), que se hacinaban en sus barracones y que fallecían a un ritmo altísimo debido a las enfermedades, el suicidio y las torturas, sin contar a aquéllxs a lxs que se les aplicaba la pena de muerte. También tuvo un barracón de mujeres, en el que la mayoría de ocupantes habían sido juzgadas por estraperlistas en los años de pobreza extrema de la posguerra.

Presos de la Ranilla durante la represión franquista

Aunque podríamos extendernos en la historia de la represión franquista y el uso de esta cárcel para este fin, no es el objetivo de esta publicación (recomendamos leer para este fin a María Victoria Fernández Luceño) y debemos avanzar en la historia. Tras la Transición (sic) a la Democracia, la cárcel se amplía, pero la construcción en 1988 del Centro Penitenciario Sevilla 1 anuncia la llegada de un nuevo modelo de cárcel a nuestra ciudad: las macroprisiones.

Hasta su cierre, la zona de la Prisión de la Ranilla acogía en sus bares a lxs presxs que tomaban la cena antes de entrar a prisión después de sus permisos; en sus calles a las familias que iban a visitar a las personas queridas que estaban recluidas; y en su Semana Santa las saetas que lxs presxs cantaban a la Hermandad de la Sed. La persona reclusa se encontraba en un entorno con el que podía interactuar: podía oír el trasiego de las calles que se escondían tras los muros, las personas allegadas podían venir a visitarles con toda facilidad, y al salir de permiso se encontraban directamente con una ciudad viva, con la que mantenían el vínculo.

La Ranilla fue abandonándose poco a poco hasta que en 2007 es demolida. La construcción de Sevilla 1 en 1988 (en Mairena del Alcor) y de Sevilla 2 en 2008 (en Morón de la Frontera) supone la expulsión de la población reclusa de la ciudad de Sevilla. Ambos son “complejos penitenciarios” que se parecen a pequeñas ciudades o factorías destinadas a la retención de personas privadas de libertad. Ambas están apartadas de la vista desde la carretera y su acceso es difícil. En consecuencia:

  1. Las familias de lxs presxs, en su mayoría gente muy empobrecida (porque la justicia es tan benévola como unx se lo pueda pagar y no hay piedad con quien no paga defensa en un juicio), lo tienen muy difícil para visitar a sus familiares. Mantener los lazos afectivos es muy importante para que la persona presa sobreviva la condena. También lo es para las personas queridas que no quieren perder el contacto con quien ha sido privado de su libertad.
  2.  ¿Cómo pretende una institución preparar a una persona para volver a la sociedad en un entorno que no se parece en nada a la sociedad? Si ya la prisión tiene un ritmo de vida totalmente divorciado de la realidad, alejar a ésta de la ciudad y aislarla en el campo sólo facilitará que quien se encuentra recluso se aleje poco a poco del ritmo de la sociedad y le cueste más volver. ¿Cómo será de doloroso el dejar de oír el ruido de las calles, el trasiego de las horas punta, el sonido de lxs niñxs volviendo de la escuela o el despertarse junto al resto de la sociedad, que va haciendo más ruido conforme avanza la mañana?
  3. Si la prisión se aleja de la gente, será más difícil vigilar si en su interior se cumplen los derechos humanos, si lxs presxs están bien, si no se tortura… Al alejar la prisión de la ciudad, ¿estamos descuidando a quien está dentro al dar carta blanca a quien trabaja en la institución para tratar a lxs presxs como le venga en gana? Aumenta la opacidad de una institución ya de por sí extremadamente opaca.
Cárcel de Sevilla II. Hay prisiones casi idénticas a ésta por todo el Estado. Se denominan “centros penitenciarios tipo”.

Muchas veces se nos intenta vender que el “progreso” de nuestras ciudades pasa por que alejemos ciertos “males” de ellas. Como la población criminalizada padece un estigma que aterra, asquea y desagrada a gran parte de la sociedad, la expulsión de las prisiones de nuestra ciudad puede venderse como algo bueno. No debemos olvidar que la población más estigmatizada es frecuentemente la más vulnerable. Al alejar la cárcel de nuestra ciudad, perdemos de vista a quien no tiene derecho a ver un horizonte más de 30 metros, a despertarse a la hora que quiere, a ver el cielo abierto de medianoche, a elegir lo que come, a ver a quien quiere cuando quiere… Si ya es suficiente castigo el estar presx, ¿por qué hemos de sumarle el destierro a esa condena? ¿Por qué han dejado de formar parte de nuestras ciudades las cárceles?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s