Y si te dijera que cada vez que viajas muere un gatito, literalmente (casi).

Guay, ya tenemos tu atención, vale, igual no es demasiado literal, pero echa un vistazo a las cifras sobre la huella ecológica del turismo y las reflexiones al respecto que te dejamos y cuéntanos tu opinión. Igual sí que hay que alarmarse un poquito.

Hoy nos vamos a poner una mijita apocalíptiques, la historia lo merece, y parece que nos somos las únicas. ¿Habéis visto cómo anda la cosa en el mundo de lo posible? Sí, en el mundo de la cultura -donde nacen los horizontes a los que luego nos dirigimos-, la cosa está fatal, no solo por la ola de remakes y refritos que se producen en la mega industria cultural norteamericana colonizando al mundo, sino atendiendo al contenido mismo: zombies, destrucción, caos, etc, vamo, apocalípsis por tos laos. Somos capaces de imaginar antes el fin del mundo que un cambio de forma de vivir y de hacer las cosas.

No somos los primeros, ni tampoco es el tema de este desbarre mental, que señalamos con tristeza que esto es síntoma de la falta de alternativas globales que inserten en la cultura una idea de un mañana posible, una idea distinta a la catástrofe global, pero es interesante partir de ahí.

Porque bueno, aunque no existe como tal desarrollada, hay que alegrarse porque una idea a modo de semillita podría haberse implantao y verde como los tallos que puede llegar a tener, narra un futuro sobre la tierra posible. Pero eso sí, renunciando a los abusos a los que este sistema enfermo nos ha llevado para seguir engordando su rueda del beneficio. Y uno de esos abusos, queridas amigas y amigos, es, sin duda, el turismo de masas.

Uff ahí soltao del tirón sin mucho prolegómeno es duro, pero esperarse, antes de escandalizarnos vamos a ir a la raíz, ¿qué es el turismo? ¿es un derecho o un privilegio? A día de hoy, seguro que la mayoría piensa que el turismo es bueno y da argumentos como  “el turismo nos hace crecer como personas, ampía nuestras miras, nos ayuda a entender la relatividad y la diversidad de las distintas culturas (y de la nuestra)”. Y sí, es bonito conocer sitios distintos, sentirse lejos de casa, pero de verdad, ¿en un viaje express de 2 días a Budapest vienes conociendo la idiosincrasia húngara? ¿una semana de pulserazo de todo incluido en el Caribe te hace partícipe de la cultura de los pueblos locales?

En un mundo en el que la tecnología es capaz de interconectarnos (con todas sus interferencias) mucho mejor que nunca, en el que se puede tener un mejor amigo viviendo en Indonesia y estar más conectado a él que a tu prima la de Umbrete, ¿es esto una excusa?

La hermandad del sagrado corazón del capitalismo aka toda la intelectualidad rancia que entra en casa por la tele o internet a narrarnos las maravillas de su sistema tiene un poder sobre nuestra forma de ver el mundo increíble. Nos han hecho creer que tener un trabajo estable y una pensión digna es un privilegio, pero poder viajar a cualquier isla del Índico es un derecho y algo cool (si tienes dinero claro, pero bueno, es es la cuestión divertida del capitalismo, ¿no?).

Esta gente es la encargada de incentivar que se exoticen pueblos (y sus culturas), que se pare cualquier actividad económica y se vuelque todo su tiempo y esfuerzo en agasajar al extranjero. Da igual que eso lleve de la mano un tipo de trabajo precario, temporal y subalterno -cuando dependes del guiri para comer, no puedes ser libre, eres vasallo-, da igual que eso empobrezca el desarrollo de una tierra -sí porque los beneficios ¿quiénes creen que se los llevan? En casa se queda muy poquito-.

Da igual que se acabe con el futuro de generaciones, da igual que se acabe con el planeta, serás libre para irte de turismo a Marte cuando aquí no se pueda estar (libre si tienes pelas, otra vez la cuestión querides). Y nosotres que poquito creemos que podemos hacer, con nuestros trabajos precarios y la fulminante rutina, buscamos un pequeño refugio en ese viaje, en ese descanso de la realidad y caemos en su red, y esto también es un padecimiento globalizao.

Pero ¿da igual? Es decir, a nosotres nos encantaría poder conocer el Índico, si es gratis (no tiene repercusión ni coste extraordinario) del tirón, pero no es así. El turismo mundial es uno de los sectores más contaminantes, es responsable del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Estos datos nacen de una investigación de la Universidad de Sidney, que disgrega los mismos para contarnos que de estos, la mayoría corresponden a los viajes en avión. Según la Comisión Europea, en la UE estos viajes han aumentado sus emisiones un 26,3% en los últimos 5 años y siguiendo la tendencia creciente, si no hacemos nada el impacto del turismo crecerá hasta el 40% en 2025.

La historia sigue, porque luego está el impacto que dejamos al visitar los enclaves naturales (en su fauna y flora), la tala maderera para nutrir las necesidades de la creciente infraestructura turística en todo el mundo, el impacto en las reservas acuíferas de los enclaves más vulnerables o la contaminación por transportes en vehículos a motor que ascienden de la mano de las visitas turísticas al centro urbano de tu ciudad.

No sé ustedes, pero vemos estos datos -o el indicador de la WWF del ‘Día de la Sobrecapacidad de la Tierra’ (día simbólico en el que se señala que se han agotado los recursos que se podían consumir durante ese año), que el año pasado fue el 1 de agosto, por cierto-, y se nos aflojan las piernas.

Así que para poder alimentar esa semillita de la que hablábamos al principio, esa esperanza de que existe un futuro, tenemos que cultivar en idea y práctica la sostenibilidad: una relación más sana con nuestro entorno de la que también nos habla el movimiento feminista haciéndonos reflexionar sobre otra idea de relacionarnos con quienes nos rodean.

Hay que destronar al estrés, la violencia y la insostenibilidad ambiental que acompañan a la idea del beneficio del panteón divino, hay que bajarlo empezando por nosotres mismes. Esa es la base, pero no va a ser suficiente (lo siento amigues), no podemos permitirnos caer en el ecologismo traducido por el capitalismo que nos hace responsables como individuos en este problema, porque si vemos los datos hay un trecho muy amplio de contaminación producida por otros sectores sobre la que nuestra actuación particular individual poco puede intervenir.

Ese futuro verde solo lo vamos a alcanzar uniendo nuestras voces para reclamar a los poderosos que dejen de explotar este planeta para engordar sus bolsillos y dejarnos a les demás en la pobreza y la precariedad. Nos toca pensar en nuestro papel en la rueda, en el coste y la repercusión de esos viajes y escapadas, reclamar nuestras ciudades para frenar su puesta a la venta; pero también unirnos para intentar frenar esa rueda, para cambiar las cosas, y bueno, no es por meter prisa, pero el reloj sigue avanzando y nuestro planeta tiene un límite.

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